lunes, 20 de julio de 2015

"PALABRAS DE UNA MADRE" Para leer en tu dispositivo portatil.

África y yo somos hermanas separadas al nacer, como nuestros perfiles lo demuestran.

Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección:
http://www.telesurtv.net/bloggers/Palabras-de-una-madre-20150716-0003.html#comsup. Si piensa hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y coloque un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. www.teleSURtv.net
Abya Yala, Me dicen América.
Abya Yal, Me dicen América. Lea el artículo completo haciendo clic en la imagen

Artículo Tomado de Telesur 
 Fuente: Eduardo Rothe
 Me llamo Abya Yala, pero me dicen América. África y yo somos hermanas separadas al nacer, como nuestros perfiles lo demuestran. Soy la más alta, llego de polo a polo, pero África fue la primera en tener hijos, que cubrieron la tierra. Mientras tanto, aislada por los mares, estuve sola mucho tiempo y fui la última poblada por humanos, que me llegaron medio blanqueados por el frio: unos por el norte, cubiertos de pieles, otros por el mar, cubiertos de sol. En mí, encontraron el jardín de las delicias, como corresponde a una mujer madura: grandes ríos, largas cordilleras, altísimas cascadas, inmensos bosques, selvas y llanuras. Todas las riquezas que se necesitan para formar un mundo. Palabras de una madre Mis humanos crecieron y se criaron según el ambiente que les tocó en suerte: los selváticos, que lo tenían todo, fueron más lentos porque apenas tenían que adaptarse, a los otros la necesidad los obligó a crear y transformar. Así nacieron mis naciones, en pequeñas comunidades armónicas y dispersas, o en grandes imperios que edificaban y conquistaban. A los pequeños le bastaban sus dioses naturales, pero las grandes civilizaciones requerían dioses terribles y complejas cosmologías. No todo era idílico, es cierto, también se disputaban y peleaban, ya se sabe como son los hijos, pero no puedo quejarme: eran susceptibles de bondad, avanzaron en la agricultura y el comercio, se elevaron al dominio de las ciencias y crearon ciudades asombrosas. Se llevaban bien con la naturaleza, y cuando, a sabiendas o no, la atropellaban, ella les hacía pagar un alto precio: Nazca, Isla de Pascua, Petén son tristes vestigios de ese error. Y así, por miles de años, siguió el curso natural de las sociedades humanas hasta que, hace 5 siglos, por mar, llegaron los israelíes... perdón, los europeos, y comenzó la catástrofe. Los invasores traían armas desconocidas: cañones y arcabuces, caballos que impresionaban y perros que eran verdaderas maquinas de muerte. Pero, lo peor que trajeron fueron sus enfermedades: las del cuerpo que diezmaban a la gente, las del alma que eran la codicia y la crueldad, el racismo y el miedo, las cuatro hadas malignas del dinero. Desterraron a los dioses, prohibieron las lenguas, borraron milenios de sabiduría, impusieron sus idiomas y creencias. Por tres siglos saquearon mis riquezas, esclavizaron a mis hijos, y cuando éstos se agotaron, fueron a secuestrar, y esclavizar a los hijos de África. Hicieron desiertos que llamaron paz, organizaron una inmensa injusticia que se llamó Imperio. 

 Pero el tiempo hace milagros: las razas se mezclaron, los descendientes de los invasores comenzaron a amarme y a sentirse parte del maravilloso nuevo mundo en que vivían. Se rebelaron contra Europa y sus imperios, combatieron grandes guerras y fueron, finalmente, independientes. Pero llevaban en ellos el prejuicio y la injusticia de sus padres, y la nueva América se siguió pensando como Europa y, como ella, estuvo dividida y de espaldas a la gran realidad común del continente. Pero el amor, la razón, la rebeldía, siguieron exigiendo más, reclamando unidad y alimentando con héroes la hoguera en que se quema a los herejes. Por mucho tiempo mis mejores hijos murieron en prisión, en la tortura, o con las armas en la mano, como todavía sucede en los enclaves que conservan los imperios a través de traidores y malinches, donde siguen sacrificando jóvenes a los dioses del oro y del poder. Pero eso son sombras de la noche triste que se resisten a la luz del alba: hace muy poco algunos de mis pueblos comenzaron una nueva era, y comprendieron, al fin, la importancia de la unidad en la diversidad, del pensamiento propio, entendieron que eran como un archipiélago, unido por lo que antes creían que los separaba. Selvas, mares, y ríos, llanuras y desiertos, dejaron de ser obstáculos y tapones, se volvieron caminos hacia el gran secreto de Abya Laya, hacia el aflorar de la América profunda. Mis nuevos hijos comprendieron la importancia de las lenguas y el pensamiento originarios. Decidieron conocerse para ser hermanos, para ser libres, para mostrarle al mundo una verdadera familia de pueblos y una nación de naciones que nace del pasado y se va haciendo presente y futuro para la Humanidad. Mis hijos finalmente quieren y pueden nombrarse, decirse y escucharse, mostrarse y verse como son. Para lograrlo, hace diez años fundaron teleSUR.
Me llamo Abya Yala, pero me dicen América. África y yo somos hermanas separadas al nacer, como nuestros perfiles lo demuestran. Soy la más alta, llego de polo a polo, pero África fue la primera en tener hijos, que cubrieron la tierra. Mientras tanto, aislada por los mares, estuve sola mucho tiempo y fui la última poblada por humanos, que me llegaron medio blanqueados por el frio: unos por el norte, cubiertos de pieles, otros por el mar, cubiertos de sol. En mí, encontraron el jardín de las delicias, como corresponde a una mujer madura: grandes ríos, largas cordilleras, altísimas cascadas, inmensos bosques, selvas y llanuras. Todas las riquezas que se necesitan para formar un mundo.

Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección:
http://www.telesurtv.net/bloggers/Palabras-de-una-madre-20150716-0003.html#comsup. Si piensa hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y coloque un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. www.teleSURtv.netww
Palabras de una madreMe llamo Abya Yala, pero me dicen América. África y yo somos hermanas separadas al nacer, como nuestros perfiles lo demuestran. Soy la más alta, llego de polo a polo, pero África fue la primera en tener hijos, que cubrieron la tierra. Mientras tanto, aislada por los mares, estuve sola mucho tiempo y fui la última poblada por humanos, que me llegaron medio blanqueados por el frio: unos por el norte, cubiertos de pieles, otros por el mar, cubiertos de sol. En mí, encontraron el jardín de las delicias, como corresponde a una mujer madura: grandes ríos, largas cordilleras, altísimas cascadas, inmensos bosques, selvas y llanuras. Todas las riquezas que se necesitan para formar un mundo.

Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección:
http://www.telesurtv.net/bloggers/Palabras-de-una-madre-20150716-0003.html. Si piensa hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y coloque un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. www.teleSURtv.net
Me llamo Abya Yala, pero me dicen América. África y yo somos hermanas separadas al nacer, como nuestros perfiles lo demuestran. Soy la más alta, llego de polo a polo, pero África fue la primera en tener hijos, que cubrieron la tierra. Mientras tanto, aislada por los mares, estuve sola mucho tiempo y fui la última poblada por humanos, que me llegaron medio blanqueados por el frio: unos por el norte, cubiertos de pieles, otros por el mar, cubiertos de sol. En mí, encontraron el jardín de las delicias, como corresponde a una mujer madura: grandes ríos, largas cordilleras, altísimas cascadas, inmensos bosques, selvas y llanuras. Todas las riquezas que se necesitan para formar un mundo. Palabras de una madre Mis humanos crecieron y se criaron según el ambiente que les tocó en suerte: los selváticos, que lo tenían todo, fueron más lentos porque apenas tenían que adaptarse, a los otros la necesidad los obligó a crear y transformar. Así nacieron mis naciones, en pequeñas comunidades armónicas y dispersas, o en grandes imperios que edificaban y conquistaban. A los pequeños le bastaban sus dioses naturales, pero las grandes civilizaciones requerían dioses terribles y complejas cosmologías. No todo era idílico, es cierto, también se disputaban y peleaban, ya se sabe como son los hijos, pero no puedo quejarme: eran susceptibles de bondad, avanzaron en la agricultura y el comercio, se elevaron al dominio de las ciencias y crearon ciudades asombrosas. Se llevaban bien con la naturaleza, y cuando, a sabiendas o no, la atropellaban, ella les hacía pagar un alto precio: Nazca, Isla de Pascua, Petén son tristes vestigios de ese error. Y así, por miles de años, siguió el curso natural de las sociedades humanas hasta que, hace 5 siglos, por mar, llegaron los israelíes... perdón, los europeos, y comenzó la catástrofe. Los invasores traían armas desconocidas: cañones y arcabuces, caballos que impresionaban y perros que eran verdaderas maquinas de muerte. Pero, lo peor que trajeron fueron sus enfermedades: las del cuerpo que diezmaban a la gente, las del alma que eran la codicia y la crueldad, el racismo y el miedo, las cuatro hadas malignas del dinero. Desterraron a los dioses, prohibieron las lenguas, borraron milenios de sabiduría, impusieron sus idiomas y creencias. Por tres siglos saquearon mis riquezas, esclavizaron a mis hijos, y cuando éstos se agotaron, fueron a secuestrar, y esclavizar a los hijos de África. Hicieron desiertos que llamaron paz, organizaron una inmensa injusticia que se llamó Imperio. Pero el tiempo hace milagros: las razas se mezclaron, los descendientes de los invasores comenzaron a amarme y a sentirse parte del maravilloso nuevo mundo en que vivían. Se rebelaron contra Europa y sus imperios, combatieron grandes guerras y fueron, finalmente, independientes. Pero llevaban en ellos el prejuicio y la injusticia de sus padres, y la nueva América se siguió pensando como Europa y, como ella, estuvo dividida y de espaldas a la gran realidad común del continente. Pero el amor, la razón, la rebeldía, siguieron exigiendo más, reclamando unidad y alimentando con héroes la hoguera en que se quema a los herejes. Por mucho tiempo mis mejores hijos murieron en prisión, en la tortura, o con las armas en la mano, como todavía sucede en los enclaves que conservan los imperios a través de traidores y malinches, donde siguen sacrificando jóvenes a los dioses del oro y del poder. Pero eso son sombras de la noche triste que se resisten a la luz del alba: hace muy poco algunos de mis pueblos comenzaron una nueva era, y comprendieron, al fin, la importancia de la unidad en la diversidad, del pensamiento propio, entendieron que eran como un archipiélago, unido por lo que antes creían que los separaba. Selvas, mares, y ríos, llanuras y desiertos, dejaron de ser obstáculos y tapones, se volvieron caminos hacia el gran secreto de Abya Laya, hacia el aflorar de la América profunda. Mis nuevos hijos comprendieron la importancia de las lenguas y el pensamiento originarios. Decidieron conocerse para ser hermanos, para ser libres, para mostrarle al mundo una verdadera familia de pueblos y una nación de naciones que nace del pasado y se va haciendo presente y futuro para la Humanidad. Mis hijos finalmente quieren y pueden nombrarse, decirse y escucharse, mostrarse y verse como son. Para lograrlo, hace diez años fundaron teleSUR.

Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección:
http://www.telesurtv.net/bloggers/Palabras-de-una-madre-20150716-0003.html. Si piensa hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y coloque un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. www.teleSURtv.net
16 julio 2015 | Eduardo Rothe Blog Palabras de una madre 9 Comentarios + Me llamo Abya Yala, pero me dicen América. África y yo somos hermanas separadas al nacer, como nuestros perfiles lo demuestran. Soy la más alta, llego de polo a polo, pero África fue la primera en tener hijos, que cubrieron la tierra. Mientras tanto, aislada por los mares, estuve sola mucho tiempo y fui la última poblada por humanos, que me llegaron medio blanqueados por el frio: unos por el norte, cubiertos de pieles, otros por el mar, cubiertos de sol. En mí, encontraron el jardín de las delicias, como corresponde a una mujer madura: grandes ríos, largas cordilleras, altísimas cascadas, inmensos bosques, selvas y llanuras. Todas las riquezas que se necesitan para formar un mundo. Palabras de una madre Mis humanos crecieron y se criaron según el ambiente que les tocó en suerte: los selváticos, que lo tenían todo, fueron más lentos porque apenas tenían que adaptarse, a los otros la necesidad los obligó a crear y transformar. Así nacieron mis naciones, en pequeñas comunidades armónicas y dispersas, o en grandes imperios que edificaban y conquistaban. A los pequeños le bastaban sus dioses naturales, pero las grandes civilizaciones requerían dioses terribles y complejas cosmologías. No todo era idílico, es cierto, también se disputaban y peleaban, ya se sabe como son los hijos, pero no puedo quejarme: eran susceptibles de bondad, avanzaron en la agricultura y el comercio, se elevaron al dominio de las ciencias y crearon ciudades asombrosas. Se llevaban bien con la naturaleza, y cuando, a sabiendas o no, la atropellaban, ella les hacía pagar un alto precio: Nazca, Isla de Pascua, Petén son tristes vestigios de ese error. Y así, por miles de años, siguió el curso natural de las sociedades humanas hasta que, hace 5 siglos, por mar, llegaron los israelíes... perdón, los europeos, y comenzó la catástrofe. Los invasores traían armas desconocidas: cañones y arcabuces, caballos que impresionaban y perros que eran verdaderas maquinas de muerte. Pero, lo peor que trajeron fueron sus enfermedades: las del cuerpo que diezmaban a la gente, las del alma que eran la codicia y la crueldad, el racismo y el miedo, las cuatro hadas malignas del dinero. Desterraron a los dioses, prohibieron las lenguas, borraron milenios de sabiduría, impusieron sus idiomas y creencias. Por tres siglos saquearon mis riquezas, esclavizaron a mis hijos, y cuando éstos se agotaron, fueron a secuestrar, y esclavizar a los hijos de África. Hicieron desiertos que llamaron paz, organizaron una inmensa injusticia que se llamó Imperio. Pero el tiempo hace milagros: las razas se mezclaron, los descendientes de los invasores comenzaron a amarme y a sentirse parte del maravilloso nuevo mundo en que vivían. Se rebelaron contra Europa y sus imperios, combatieron grandes guerras y fueron, finalmente, independientes. Pero llevaban en ellos el prejuicio y la injusticia de sus padres, y la nueva América se siguió pensando como Europa y, como ella, estuvo dividida y de espaldas a la gran realidad común del continente. Pero el amor, la razón, la rebeldía, siguieron exigiendo más, reclamando unidad y alimentando con héroes la hoguera en que se quema a los herejes. Por mucho tiempo mis mejores hijos murieron en prisión, en la tortura, o con las armas en la mano, como todavía sucede en los enclaves que conservan los imperios a través de traidores y malinches, donde siguen sacrificando jóvenes a los dioses del oro y del poder. Pero eso son sombras de la noche triste que se resisten a la luz del alba: hace muy poco algunos de mis pueblos comenzaron una nueva era, y comprendieron, al fin, la importancia de la unidad en la diversidad, del pensamiento propio, entendieron que eran como un archipiélago, unido por lo que antes creían que los separaba. Selvas, mares, y ríos, llanuras y desiertos, dejaron de ser obstáculos y tapones, se volvieron caminos hacia el gran secreto de Abya Laya, hacia el aflorar de la América profunda. Mis nuevos hijos comprendieron la importancia de las lenguas y el pensamiento originarios. Decidieron conocerse para ser hermanos, para ser libres, para mostrarle al mundo una verdadera familia de pueblos y una nación de naciones que nace del pasado y se va haciendo presente y futuro para la Humanidad. Mis hijos finalmente quieren y pueden nombrarse, decirse y escucharse, mostrarse y verse como son. Para lograrlo, hace diez años fundaron teleSUR.

Este contenido ha sido publicado originalmente por teleSUR bajo la siguiente dirección:
http://www.telesurtv.net/bloggers/Palabras-de-una-madre-20150716-0003.html. Si piensa hacer uso del mismo, por favor, cite la fuente y coloque un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. www.teleSURtv.net

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por visitar esta página de información. "Tus aportes y opiniones son importantes".